Ley de identidad de género: La derecha y la libertad recortada

Ley de identidad de género: La derecha y la libertad recortada

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Aunque no formó parte del programa de gobierno de Sebastián Piñera, el proyecto de ley de identidad de género está a punto de aprobarse: actualmente se encuentra en comisión mixta y, por lo tanto, sólo falta que los diputados y senadores que la integran zanjen sus diferencias. Además, el Oscar obtenido por la película Una mujer fantástica hizo que dicha iniciativa cobre mayor notoriedad y dé cuenta de un cierto apoyo popular. Como bien se sabe, Daniela Vega no posee un documento nacional de identidad que refleje su verdadera identidad de género, que es la percibida y expresada por ella misma; y no, en cambio, la que le quieren imponer los conservadores a través del aparato coercitivo del Estado.

Una gran pregunta para la derecha es si tendrá ella legitimidad para considerar este proyecto como una conquista propia. La verdad, además de Lily Pérez (coautora del proyecto ya en 2013) y de Evópoli —que, desde su fundación, lo apoyó— la derecha, una vez más, se está subiendo tarde al carro de los cambios culturales (ya le pasó antes con el divorcio vincular, entre otros varios proyectos de ley). Y aunque sea cierto que no todo cambio es necesariamente para bien (por ejemplo, para la derecha no lo es la reforma educacional de la Nueva Mayoría), la ley de identidad de género apunta a reconocer a las personas trans como dueñas de sus propias vidas.

¿Y no debería ser la derecha el sector político —que, a diferencia de la izquierda, que hace lo propio con la igualdad— ponga por delante el principio de libertad individual? La derecha no ha sido muy coherente a la hora de defender la libertad personal. Apenas lo ha hecho con la económica y no por razones morales —no porque dé cuenta de personas de carne y hueso abriéndose camino en la vida—, sino simplemente porque genera mayor crecimiento y empleo. Esto último, por cierto, es importante, pero debería valorarse como condiciones de posibilidad para el ejercicio de la libertad más bien que como meros datos macroeconómicos, que hacen al país mejor.

La derecha suele recoger la libertad humana de manera recortada. Incluso un autor canónico del liberalismo clásico en el siglo XX, como Friedrich Hayek, argüía que no es conservador (sino liberal), porque los conservadores siempre van a remolque de los acontecimientos y no saben distinguir, adecuadamente, cuando los cambios sociales son necesarios para aumentar los espacios de libertad de los individuos.

Sin embargo, no todo está perdido para quienes (me incluyo) creen en la posibilidad y necesidad de una derecha liberal para Chile. Es decir, que al mismo tiempo que promueva el mercado como un sistema de cooperación social, haga lo propio con el derecho de las personas a buscar su propio destino en todos los ámbitos de la vida, incluso en materia sexual.
Si se critica el estatismo, como el establecimiento de fines colectivos desde el Estado, bajo los cuales se deberían subordinar los fines individuales; si se hace esto, como suele hacerlo nuestra derecha en algunas materias (educación, trabajo, etc.), ¿por qué no hacer lo mismo, por ejemplo, en materia sexual? El único partido de Chile Vamos que ha comprendido la necesidad de esta coherencia ha sido Evópolil, el cual estableció como parte de sus principios la ampliación de las libertades individuales, y la no discriminación por razones de orientación sexual e identidad de género.
Evópoli tiene, por lo mismo, una muy buena razón para celebrar la aprobación del proyecto de ley de identidad de género como un triunfo cultural propio, ya que desde un comienzo buscó posicionarse como una derecha liberal en un sentido amplio y no meramente en términos económicos; o incluso no sólo desde un ángulo político, como otrora lo hizo la “patrulla juvenil” en RN, la cual máas que una derecha liberal, representó una derecha democrática (Allamand votó en contra de la ley de divorcio que, él mismo, usaría años más tarde).
Pero el gran desafío de Evópoli es mucho más profundo: es poner por delante el principio de libertad individual —del derecho de todos a buscar su propio destino— como el gran motor que mueve la sociedad y como el eje principal de su relato ideológico. En este sentido, un desafío es poder conciliar su vocación en defensa de los vulnerables, representados en “los niños primero en la fila”, con las personas de la diversidad sexual, muchas de las cuales —dicho sea de paso— también son niños.
¿Acaso, en ambos casos, la cuestión no consiste en hacer que las personas sean más libres para perseguir fines propios que, con Hayek, deberían ser considerados fines supremos? Y si los padres tienen el derecho a elegir la educación de sus hijos, ¿por qué las personas no podrían auto-determinar su identidad de género? ¿Por qué, por el contrario, el Estado debería imponerle al conjunto de la población una determinada concepción de la sexualidad humana: heterosexual y procreacionista?
Está todavía por verse cuál de las fuerzas de la derecha, que se disputarán la hegemonía puertas adentro, logre dotar de contenido político al gobierno actual y, desde ahí, generar un horizonte de expectativas para sucederlo. No está aún claro si en esta “batalla” interna triunfará José Antonio Kast, Manuel José Ossandón o Felipe Kast. Y si el tercero, como representante de la derecha liberal, quiere diferenciarse de los otros, debería apostar todas sus fichas a una visión profunda de la libertad humana. Evópoli, debería —cuál Julio César— tirar con fuerza sus dados y cruzar el Rubicón. Sólo así podrá celebrar el derecho de la identidad de género de las personas trans como parte de su particular proyecto político, y no como un protagonista secundario de una tardía y oportunista “subida” al carro de la victoria.
En sus manos, en el discurso de sus dirigentes y parlamentarios, está  marcar la diferencia en favor de un orden social que respete el derecho de todos a buscar su propio destino. ¿Estará Evópoli a la altura? Su bancada, ahora de ocho parlamentarios (y ya no sólo integrada por Felipe Kast), tiene la palabra. Es de esperar que estén a la altura y que aprueben un elemental test de blancura en materia de liberalismo, como es el que representa —en la hora presente— el proyecto de ley de identidad de género.
Columna Valentina Verbal, La Tercera
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