Valentina Verbal: "El género como mono de paja"

Valentina Verbal: "El género como mono de paja"

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A través de una columna de opinión, publicada en diario digital El Líbero, la doctoranda en Filosofía, Gabriela Caviedes, se suma a una constante del mundo conservador en materia de sexualidad: fabricar un mono de paja de la categoría género para, ahora y en su caso, “argumentar” en contra del proyecto de ley de identidad de género.
Señala Caviedes, en primer lugar, que el proyecto de ley en cuestión “confunde constantemente ‘sexo’ con ‘género’, sin definir qué debe entenderse por cada uno de esos vocablos”. ¿En qué parte del proyecto aparece esta confusión? Y ¿por qué el proyecto en cuestión tendría que definir ambos conceptos? ¿Por qué no hacerlo también en la ley de matrimonio civil o, incluso, en la misma Constitución?
Pero, más allá de eso, ¿sabrá Caviedes que el género es, sobre todo, una categoría de análisis que, desde hace varias décadas (desde los años 70) ha atravesado, de punta a cabo, el mundo de las ciencias sociales? Concretamente, y en los términos de Marta Lamas, el género es una categoría “para referirse a la simbolización que cada cultura elabora sobre la diferencia sexual, estableciendo normas y expectativas sociales sobre los papeles, las conductas y los atributos de las personas a partir de sus cuerpos”.
Por otra parte, Caviedes distingue tres alternativas para relacionar el sexo y el género, siendo la más radical la tercera, a la cual adheriría el proyecto de ley en debate. La primera es la distinción entre sexo (lo biológico) y género (lo cultural), pero sin perder de vista que lo segundo siempre dependerá de lo primero, es decir, el género necesariamente debería estar subordinado al sexo. ¿Es esto así? ¿Estaría de acuerdo Caviedes con San Juan Crisóstomo cuando, a fines del siglo IV, afirmaba que la mujer —entendida como un cuerpo— debe ser “mansa, tranquila, agradable, sincera, libre de cólera, callada, no regañona, no dada a conversaciones ligeras”? ¿O, ya más recientemente a nosotros, con Juan Pablo II cuando, en su Carta a las Mujeres, señala que existe “el genio de la mujer”, una suerte de esencia, derivada de su biología, que la llevaría a ser mejor que los hombres en tareas de servicio, por ejemplo, de carácter sanitario?
La segunda alternativa considera que “el sexo [es] un dato natural dado, pero del todo irrelevante frente a lo que la autonomía personal puede determinar con respecto a sí”. De acuerdo a esta visión, ¿podrían, por ejemplo, las mujeres desafiar los atributos que “naturalmente” derivarían de su sexo “dado”, por ejemplo, el de servicialidad, según el Papa polaco? ¿Podría, en este caso, considerarse al sexo como un dato irrelevante? Más específicamente, ¿alguna de las tantas autoras que han teorizado sobre el género sostienen realmente que el sexo (la corporalidad) sea un dato irrelevante?
Al describir la tercera alternativa, Caviedes nos dice que sí. Pero la autora que cita, Judith Butler, iría mucho allá: no afirmaría solamente que el sexo sea un dato irrelevante, sino que, en verdad, nunca habría existido como tal, porque, para la filósofa estadounidense, “el sexo siempre fue género”. Y aquí, para Caviedes, todo se vendría abajo. No solo el Ministerio de la Mujer o el INDH, sino que el orden social mismo llegaría a carecer de sentido. ¿Cómo nos organizaríamos como comunidad si no existiesen de manera marcada, y desde el “sexo dado”, las nociones de hombre y mujer?
Lo cierto, hay que decirlo —a riesgo de ser tratada de virulenta, como lo hace en su columna con el profesor Felipe Schwember—, todo lo dicho por la Doctoranda no es más que un mono de paja tanto sobre la categoría género como en torno a las identidades trans. Ante todo, no es cierto que Butler diga que “la corporalidad sea algo construido” y que, por lo tanto, el sexo no exista como un dato biológico. Lo que Butler sostiene es algo muy distinto: que el cuerpo es una noción que, para los discursos de género (diríamos conservadores), contiene, dentro de sí, un significado cultural. Se trataría, expresa Butler, de una de categoría “pre-discursiva”, anterior a la cultura y sobre la cual ésta actuaría. ¿Es tan descabellado esto que afirma Butler? ¿Acaso no ha sucedido, mirando al cuerpo femenino como una entidad cultural indiscutible, que tanto San Juan Crisóstomo como Juan Pablo II hayan considerado como algo “real” la existencia de una esencia femenina, a la que cabría atribuirle determinadas formas de ser y roles sociales?
Pero el género como mono de paja se extiende, también, a las personas trans. ¿Puede realmente sostenerse que estas personas “abandonan” su cuerpo? Por supuesto que no: el paradigma que sostiene que las personas trans nacerían en un “cuerpo equivocado”, ya nadie lo defiende seriamente. Por lo mismo, ninguna persona trans cree que “cambia de sexo” en un sentido biológico. Y entonces, ¿qué es lo que buscan? Quieren vivir una identidad de género distinta de la que, de acuerdo al discurso de género conservador, se les atribuye de manera coactiva. ¿Por qué no tendrían este derecho? Lo cierto es que el gran enemigo de las personas trans no es su propio cuerpo —que lo pueden modificar, en mayor o menor medida, al igual como lo hacen las personas cisgénero, a veces por razones meramente estéticas—, sino el orden moral que los conservadores le pretenden imponer, mediante la fuerza del Estado, al conjunto de la población.
No estaría mal que Caviedes fundamentase con mayor claridad, y más allá de sus consideraciones “metafísicas” sobre un supuesto dualismo entre cuerpo y mente, ¿cuáles serían las importantes “razones de Estado” para obligar a las personas trans a vivir como los conservadores quieren que vivan? Y ¿quién les ha dado este derecho? ¿Quién les ha entregado la potestad de decidir en contra de la autonomía de otros?
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